Disturbios, segregación espacial y vivienda vía @La ciudad viva

por Jorge Galindo — Jueves, 18 de agosto de 2011

Un autobús arde en Tottenham la noche del 6 de agosto. Foto de The Big Picture, The Boston Globe.

La semana pasada vivimos un fenómeno eminentemente urbano: las fuertes revueltas y disturbios que sucedieron a lo largo y ancho del Reino Unido. Pocas cosas están tan fuertemente ligadas al imaginario de la ciudad como los conflictos, las manifestaciones y la lucha con armas improvisadas, sea contra el poder estatal representado por las fuerzas del orden, o contra los escaparates y mobiliario urbano. Inevitablemente, cualquier situación que implique violencia en contexto urbano se compara con mayo del 68. Aunque tenga poco que ver en todo lo demás, el mayo francés es para todos el paradigma de revuelta urbana.

De hecho, la situación vivida por el Reino Unido no ha tenido apenas relación con aquélla, y menos de la que pudiese parecer a simple vista con la quema masiva de vehículos protagonizada por las banlieues francesas, la otra ‘referencia obligada’ cuando se es periodista y se cubre cualquier clase de revuelta en un municipio occidental. Pero más allá de lugares comunes, a la hora de analizar un fenómeno con actores sociales en movimiento, lo más útil para una primera aproximación es diferenciar entre causas, contexto y objetivos.

Los objetivos de los participantes en las revueltas londinenses eran, cuanto menos, difusos. Desde luego, la mayoría de acusaciones a los detenidos, así como los reports periodísticos y ciudadanos, apuntaban al saqueo masivo. A esto se ha sumado enfrentamiento frontal con la policía en algunos casos, no siendo la regla, pero sí algo significativo. Véase los datos recogidos por The Guardian a partir de las acusaciones hechas a los detenidos:

En todo caso, ninguno de estos fines es explícitamente político o de protesta.

Sin embargo, esto no quiere decir que no estemos ante una situación política. Todo lo contrario. Donde hay conflicto, hay necesariamente política, pues ésta es el instrumento que empleamos para resolver los conflictos. En democracia y Estado de derecho, además, intentamos hacerlo por un mínimo consenso para asegurarnos de que las resoluciones emprendidas sean efectivamente llevadas.

Esto nos lleva a los dos siguientes puntos de análisis: las causas, y el contexto en el que tanto éstas como la situación de disturbios suceden. Dentro de las causas, los expertos han apuntado a cuatro, no necesariamente contradictorias ni independientes. Podemos distinguirlas de más inmediatas a más permanentes en el tiempo:

- La actitud de la policía frente a ciertos sectores de la sociedad. Al fin y al cabo, la chispa que prendió la llama fue la muerte de Mark Duggan, un joven negro, durante una persecución por parte de la Met londinense. Y ya van décadas de quejas por parte de varias minorías étnicas por la actitud aparentemente discriminadora de los agentes. Resulta difícil negar, por tanto, que esta es una causa que ha agravado la situación. Aunque, dado que no estábamos ante enfrentamientos directos y sistemáticos con la policía, no parece que sea el factor principal.

- Los recientes recortes sociales en el país. La evidencia científica parece demostrar más o menos claramente que, en un contexto de estado de bienestar occidental, la coyuntura económica (desempleo, subidas de impuestos, falta de crecimiento económico) no parecen explicar la aparición de revueltas tanto como los recortes de gasto público. Como los que el país está aplicando en los últimos tiempos, especialmente desde que Cameron está en el Gobierno.

- Precisamente es el principal argumento de éste el siguiente en nuestra lista. David Cameron ha empleado ideas como “sociedad rota”, “crisis de valores”, “falta de respeto a la autoridad” para explicar lo que para él ha sido “criminalidad pura y simple”. Este argumento es curiosamente autorreferente, dado que es obvia la fractura en la sociedad y la falta de respeto por la autoridad. ¿Se puede explicar un hecho por sus síntomas? Los argumentos culturalistas tienden a hacerlo.

- Por último, llegamos al auténtico núcleo duro: la segregación espacial. El espléndido trabajo del DataBlog de The Guardian nos permite ubicar tanto los disturbios (puntos blancos y negros) como la localización de los detenidos (puntos rojos) en un mapa interactivo de niveles de renta por barrios (azul, más rico, rojo, más pobre). Fijémonos en las principales ciudades. En Londres:

En Manchester, donde los detenidos son de zonas deprimidas pero los disturbios tuvieron lugar en el centro (zona comercial), y se concentraron más porque solo sucedieron durante unas horas:

Y, por último, en Birmingham:

La correlación, especialmente con la residencia de los detenidos, salta a la vista. El mecanismo que hay detrás es bien obvio, y se basa en una de las principales (si no la principal) áreas de preocupación de la sociología urbana actual: la preocupación por la reproducción espacial de la segregación económica y social. Sabemos desde hace tiempo que un individuo es altamente permeable a su entorno. Dicho en términos microeconómicos, el “menú” de oportunidades de relación social y profesional, así como de acceso a la educación y a la cultura (y a otros recursos) de una persona depende también de dónde ha nacido y crecido. Por tanto, rodear a una familia con pocos recursos de más familias con pocos recursos retroalimenta sus respectivas situaciones.

Si a este cóctel añadimos una situación de recortes en servicios sociales, la probabilidad de disturbios se incrementa. Por tanto, atendiendo a las causas finales, tenemos una mezcla de política pública “en vacío”, sin espacio determinado (recortes) que se localiza en ciertos puntos debido a la segregación espacial.

Esta segregación puede estar provocada por las propias políticas sociales, también, en este caso de vivienda. Así sucede en Francia o en España, donde los bloques de vivienda protegida separados del tejido urbano (las propias banlieues) fueron la tónica general desde los años sesenta. No tanto en el Reino Unido, donde, como bien apunta Ramón Marrades en este artículo de Ateneo Naider, “se trata de áreas más o menos centrales de los que la gente con poder adquisitivo se ha ido marchando”. Es una consecuencia de no-acción política, que al fin y al cabo es un tipo de acción, pues detrás hay una decisión (la de no actuar), y dejar que el mercado, a través de los precios del suelo y de las viviendas, se auto-regule.

La respuesta más habitual a las revueltas suele ser, como apunta Joshua Tucker (profesor del Departamento de Ciencia Política de la New York University) en esta nota, una mezcla entre mejorar las políticas sociales y reprimir con más seguridad y castigos jurídicos. El segundo componente se antoja necesario por sí mismo, dado que el problema de seguridad se evidencia ante la propia aparición de disturbios que se dirigen no hacia un objetivo político, sino hacia el propio entorno. El primero, más importante a mi modo de ver, ataca una de las dos raíces del problema aquí apuntadas: la existencia e incremento de recortes en programas sociales.

Otro tipo de respuestas vienen directamente de la comunidad, y suelen tomar forma de patrullas de vigilancia ciudadana (peligrosas, pues auguran confrontaciones con los alborotadores en un contexto urbano difícil de controlar para las fuerzas del orden) o, en formas más elaboradas, estrategias para “desescalar” los potenciales brotes de violencia, como esta iniciativa de la ciudad de Chicago. En cualquier caso, son parches o soluciones que solo atienden al brote final, y no a sus causas profundas.

Porque tenemos que acabar hablando, necesariamente, de cómo construimos nuestros barrios. Marrades apuntaba acertadamente en el artículo arriba enlazado que, aunque los barrios mixtos no crean por sí solos empleo y riqueza, sí “hay una conexión entre la manera en que se planifican las ciudades y los brotes de rechazo de las personas que viven en áreas marginales (y lo propia existencia de estas últimas)”. Lo importante es el último paréntesis: la segregación espacial es un mecanismo de reproducción de desigualdades que, además, deja a muchos actores descontentos muy juntos e interrelacionados a la hora de tomar acciones drásticas, o incluso poco racionales y caóticas (guiadas por la ira), fuera de la ley. Hacer nuevos barrios o nuevas viviendas mixtas es relativamente sencillo: se regula de una manera más o menos sutil el mix de precios del suelo, o se establece un porcentaje disperso de vivienda pública. ¿Pero qué hacer con las zonas ya creadas, como los barrios londinenses?

Una solución podría ser combinar procesos de gentrificación con reubicaciones mixtas y reducción del parque de vivienda vacía. Me explico. Algunos de los barrios afectados por las revueltas ya estaban revalorizándose, ganando interés entre jóvenes estudiantes y profesionales liberales, artistas, etcétera. Si dejamos que este proceso continúe e incluso lo potenciamos con programas para alquiler joven, por ejemplo, estaremos mejorando elmix del barrio. Lo que pasa es que estas situaciones suelen presionar el precio del suelo al alza, debido a la mayor y más potente demanda. Pero si se complementa con una serie de garantías para una parte de la población que allí habita, mientras que se evita que aquellos que se mudan se concentren en una zona determinada de la ciudad, estaremos, poco a poco, ayudando a disminuir la segregación sobre espacios ya construidos. Por supuesto, este solo es un esquema esbozado, y corre el peligro de caer en un excesivo afán regulatorio. Ha de establecerse a través de programas de incentivos y aprovechando los recursos ya existentes. Pero el objetivo está claro: reducir las desigualdades en la ciudad, causa última de la mayoría de disturbios sin un fin político claro.